martes, 18 de octubre de 2011

Carta XX


Querida familia:

La llegada de tío Rafael y los suyos supuso, claro es, un  enorme aumento de la densidad de población de San Isidoro 24. Todo el clan se reunió en la casa, aumentado además por las estancias intermitentes de tía Pilar y su hija; sumando el servicio casi llegábamos a dos docenas de personas. La casa era, ya lo sabemos, muy grande pero sólo el piso principal era habitable en invierno. No obstante, allí vivimos todos algo más de dos años en buena armonía. Quizás los mayores pensaban que el final de la guerra era inmediato y que no merecía la pena meterse en obras para cambiar una situación de provisionalidad, que la conquista de la franja cantábrica y de la bolsa de Málaga hacían creer que iba a ser muy corta. Nadie dudaba del triunfo del bando nacional, aunque el curso de la guerra en el invierno de 1937-38 llegó a preocupar seriamente; lo cierto es que el final se demoró mucho más de lo que se esperaba en los años 36 y 37.

Es el momento de entonar un canto de alabanza a la inmensa generosidad del abuelo Rafael seguido en ello fielmente por la abuela Severiana. Acogieron a tía Salud en los primeros años de su matrimonio y luego, a causa de la enfermedad de tío Isidoro, con carácter definitivo. Acogieron a papá y su numerosa prole cuando murió mamá prematuramente. La guerra les llevó a acoger por corto tiempo a su sobrina Pilar y a la hija de esta y, por último, en este otoño bélico de 1936, a tío Rafael y los suyos. No creo que se les pueda poner ninguna pega al llegar al otro mundo, en lo que respecta al precepto de “dar posada al peregrino”. La disposición del abuelo Rafael en este terreno ya se había manifestado con las tías de abuela como ya vimos en alguna de mis primeras cartas.

Paco y yo, en conversación telefónica hemos comentado como, al correr de los años, se ha ido revalorizando en nuestras mentes la persona del abuelo Rafael. Parece como si ambos experimentásemos una especie de remordimiento retrospectivo por no haber apreciado adecuadamente en su momento la figura del abuelo, sus cualidades: tenacidad, decisión, amor al trabajo, entrega a la familia, generosidad sin límite.

Y es que, cuando nosotros iniciamos la convivencia con abuelo, yo con diez años, Paco con casi ocho, él era ya una figura en retirada. Había dejado la dirección de sus negocios influido por la edad (78 años) y más aún por su profunda sordera y la acusada pérdida de vista. Nosotros nos adaptamos enseguida a las rígidas directrices de la abuela Severiana y a las suaves indicaciones de tía Salud; ambas y papá fueron quienes moldearon nuestra formación familiar. Pero abuelo era una especie de sombra silenciosa que paseaba por las galerías al principio de las mañanas para recluirse después en la llamada galería chica donde le recibían un silloncito, una  pequeña camilla y algunos rayos solares que se filtraban desde el patio. Como ya no podía leer, sus ojos, casi idénticos a los míos, miraban vagamente a su alrededor. No sabemos qué pasaba por su mente en aquel largo rato que transcurría hasta la hora del almuerzo.

Creo que podréis disculparnos, queridos lectores jóvenes, de que la figura del abuelo tuviese un carácter más bien pasivo en nuestro entorno infantil y juvenil. Quizás, a modo de desagravio voy a transferir aquí unas líneas de una carta que Paco me escribió hace algunos meses y que completan estas impresiones. Parte de los datos que Paco da le fueron proporcionados por Maruja hace años cuando ella aún disfrutaba de una memoria excepcional. Puede que con esto incurra yo en alguna reiteración respecto de cosas ya escritas pero no me importa porque, próximo ya el final de estas cartas, quiero que quede de manifiesto la reivindicación de la figura del abuelo Rafael.

Escribe así Paco: 
“Sobre nuestro abuelo paterno tenemos noticias más fidedignas. A mí me las ha proporcionado Maruja -qué pena que la excelente memoria de ella se haya apagado ya-. A temprana edad vino a Sevilla y, resuelto a abrirse camino, eligió el comercio. Entró de meritorio en Casa Velasco, almacenes de tejidos sitos en la calle Francos, esquina Chapineros, que aún subsisten. Allí pasó de meritorio a dependiente y merced a su esfuerzo personal prosperó con bastante rapidez. Conoció en el mostrador de la tienda a nuestra abuela Severiana que iba de compras con su madre. Como él era mucho mayor que ella, mientras enseñaba a la madre las diversas clases de telas de que disponía el establecimiento, cogía a la niña y la sentaba en el mostrador. Espíritu romántico, quedó impresionado por la belleza de la niña y por las tristes circunstancias de la vida de la madre.

En aquellos tiempos nuestra bisabuela Severiana Ferreira se encontraba en una situación algo precaria. Era hija de un prestigioso médico, Domingo Ferreira Villapol, muerto unos años antes. Su marido había marchado a Argentina no sé si por mejorar sus condiciones económicas o por otras razones -es bastante confuso el destino del viaje o los viajes de don José González Janer así como los motivos que le llevaron a emprenderlos; yo he creído siempre que hubo uno a Filipinas, pero lo que está documentado es que murió en Argentina y que, al aproximarse su muerte, no se acordó para nada de la familia que había dejado en España, según he comentado-. Lo cierto es que se quedó Severiana sola con su única hija. Era una joven bien venida a menos que mantenía con dignidad su situación desairada. Ello despertó los sentimientos más nobles en nuestro abuelo, que, al crecer la pequeña, se enamoró de ella y se propuso en su interior que aquella madre y aquella niña no volverían a pasar necesidad. Su generosidad se extendió años después (ya casados) a las hermanas de su suegra, a las que recogió en su casa.

Fue todo un romance sentimental el protagonizado por nuestros abuelos. Así lo cuenta Maruja. Los protagonistas de la novela debían de tener por aquél entonces (1880) 26 y 13 años respectivamente. Mi abuela en abnegación y trabajo no le fue a la zaga a su cónyuge y se amoldó a aquella situación que implicaba trabajo superior al que la habían tenido acostumbrada. Esperaron para casarse a tener una posición, si no desahogada, si que les permitiera afrontar sus nuevas obligaciones con dignidad. Cuando se casaron abuelo contaba 33 años y abuela 20. Lo hicieron en la parroquia del Sagrario.


Merced a su tesón abuelo hizo una fortuna. Empezó con una fábrica (creo que de alpargatas, pero no lo puedo asegurar) en los aledaños de la actual parroquia de San Sebastián y después fue invirtiendo los frutos de su trabajo, comprando varios inmuebles en Sevilla. Entre ellos los que ocupaban la manzana del Siglo sevillano, delimitada por las calles Francos, Villegas y Blanca de los Ríos -para los lectores poco conocedores de Sevilla, o sea, mis nietas, les aclararé que una de las fachadas de esta manzana forma parte de uno de los lados de la plaza del Salvador, donde se encuentra la basílica del mismo nombre, uno de los más bellos monumentos de Sevilla; se trata de una de las zonas más caras de la capital hispalense-. Posteriormente, amplió su capital en fincas urbanas en la Gran Plaza nº1 y rústicas en Palomares del Río, la llamada Hacienda San Rafael con caserío en el centro del pueblo y extensas suertes de terreno plantadas de olivar, incluso un huerto en las afueras del pueblo al que íbamos con frecuencia cuando pernoctábamos en la hacienda. Ya nos hemos referido a Las Teatinas que mis abuelos heredaron de tía María y vendieron poco después y a La Capitana vendida a Juan Belmonte.

Sobre la vida del abuelo Rafael se podría escribir un libro, su biografía es aleccionadora para los jóvenes de hoy.

Como complemento de este panegírico tan merecido por los abuelos incluyo sus fotos para que comprobéis que no sólo su proceder vital sino también sus aspectos físicos son merecedores de elogio. Mi agradecimiento a Paco por la autoría de los párrafos precedentes.

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Al terminar mis estudios de Bachillerato en julio de 1937 se daba por supuesto que tenía que elegir una carrera universitaria y ello entre las cuatro titulaciones que se impartían en la Universidad hispalense: Derecho, Medicina, Filosofía y Letras y Ciencias Químicas porque no se contemplaba la posibilidad de que yo estudiase fuera de nuestra ciudad. Yo no sentía la menor atracción por los estudios jurídicos y médicos y, en cuanto a las dos restantes licenciaturas, me gustaban ambas e incluso llegué a pensar en cursar las dos en paralelo y en algún momento compré la Historia de la Literatura Española, de Hurtado y Palencia, para estudiarla por mi cuenta cuando ya cursaba Ciencias Químicas. Elegí esta carrera por suponer que tenía un porvenir más abierto.

Hasta pocos años antes, la Universidad española tenía sólo una licenciatura en Ciencias que abarcaba desde las Matemáticas a la Biología y que estaba enfocada fundamentalmente a la formación del profesorado de enseñanzas medias, algo así como la pescadilla que se muerde la cola. Una reforma posterior dio lugar a las licenciaturas en Matemáticas, Ciencias fisicoquímicas y Ciencias naturales; estas dos últimas se subdividieron más tarde para dar lugar a las cinco titulaciones actuales. La Universidad sevillana seleccionó la Química entre ellas. Con estas reformas, se inició un largo proceso de la incorporación de los licenciados en Ciencias al mundo de los trabajos industriales y agrícolas hasta entonces acotado para los ingenieros y, además, al aumentar la especialización, se dieron pasos decisivos para el desarrollo de la investigación científica. Mi elección, decidida entre la incertidumbre y la limitación de ofertas, ha tenido consecuencias familiares muy amplias ya que mi hermano José Ramón y mis hijos Rafael y Javier han seguido con brillantez la misma carrera y todos se han doctorado en Química.

Pero mi decisión acerca de la carrera universitaria a elegir no tenía que ser apremiante pues la Universidad estaba cerrada en lo que respecta a su labor docente al estar movilizados la mayoría de los alumnos (las alumnas no pasaban del cinco por ciento). Sólo se realizaban modestas actividades investigadoras que, en el caso de la Facultad de Ciencias Químicas, solían estar encaminadas a la búsqueda de materias que sustituyeran a las que procedían de la importación que estaba casi suprimida a causa del conflicto bélico. A estos trabajos se dedicaba el que fue luego mi maestro, Don Manuel Lora Tamayo que, al igual que otros profesores de su Facultad y de la de Letras, daban además clases de Bachillerato en el recién fundado Instituto Murillo destinado con exclusividad a mujeres que aprovecharon así la coyuntura guerrera para disfrutar durante unos años de un profesorado excelente.

Pienso que yo no debía haber perdido lamentablemente el tiempo en los cursos 1937-38 y 1938-39; podía haber continuado mi formación con los libros adecuados pero no lo hice ni papá me insistió a ello. Quizás, como ya he dicho, estábamos todos influidos por la creencia en una rápida vuelta a la normalidad y, por eso, no importaba perder unos meses de estudio.

Entonces, ¿a que dediqué mi tiempo desde el verano de 1937 a la primavera de 1939? Una gran parte de él a leer: muchas obras de la novelística española del siglo XIX y del XX aunque excluyendo a los autores más izquierdosos y anticlericales cuyas obras no figuraban en la biblioteca de papá; además, como ya os dije, las novelas de romanos, libros de historia, etc. En consonancia con las preocupaciones de la edad, leí también algo de Ortega, Azorín, Marañón, Maeztu; se despertó en mí una gran afición a la biografía alimentada por las traducciones de Stefan Zweig (Maria Antonieta, María Estuardo, Fouché) que he vuelto a leer no hace mucho con igual delectación que entonces. No era cómodo leer en casa donde había siempre mucho barullo sobre todo desde la incorporación de la familia de tío Rafael, cuyos hijos tampoco llegaron a someterse a una enseñanza regularizada. Por eso yo cogía un libro y me iba al parque de María Luisa en cuyas glorietas, en especial en ese remanso de paz dedicado a Becquer (el amor que llega, el amor que pasa, el amor muerto), sentado en un duro poyete, exornado de bellos azulejos, leía durante dos o tres horas. Se me olvidaba añadir a mis lecturas las poesías del citado Bécquer, de Rubén Darío, de Manuel Machado (por razones políticas no eran asequibles las de su hermano Antonio), etc. En fin, aunque no estudié en aquellos años, mi formación cultural y humana no quedó del todo descuidada.

Empecé entonces a disfrutar de los espectáculos públicos que, a pesar de la guerra, seguían teniendo su papel en la vida de los ciudadanos, que, casi como ahora, podían clasificarse en cuatro grupos: teatro, cine, fútbol y toros.

Nunca fui aficionado a los toros y creo que el número de festejos taurinos a los que he asistido en mi larga vida no llega a dos docenas. No me dejé llevar por las concomitancias familiares con el mundillo de la capa y el estoque, de las cuales os he dado información en cartas anteriores.

Sí fui muy aficionado al fútbol, y la televisión me permite mantener mi devoción por el Sevilla ya comentada. Soporto con disgusto, tan fuerte como el que experimenta Mingo, las malas actuaciones con que nos obsequia con frecuencia el primer equipo sevillano. En los tiempos que estoy ahora comentando el fútbol era el único deporte-espectáculo y no se había despertado aún la pasión por el tenis y el baloncesto que necesita, ya se sabe, la tele para manifestarse. Yo iba siempre a la entrada general que era barata y que suponía presenciar el partido a pie firme; la preferencia, bastante más cara, con asientos individuales o corridos, sólo abarcaba una cuarta parte del aforo. Respecto a otros deportes, hubo en Sevilla durante un corto tiempo un canódromo donde se celebraban carreras de galgos y un frontón donde se practicaba el deporte norteño de la pelota vasca casi siempre en la modalidad de cesta punta. Fui alguna vez a estos espectáculos deportivos, relacionados con el mundo de las apuestas, que desaparecieron de nuestra ciudad en los tiempos de la guerra.

El teatro tenía mucha vida en los años treinta y cuarenta en nuestra ciudad. Los autores más representados entonces eran Benavente y los hermanos Álvarez Quintero; yo disfruté muchísimo viendo Malvaloca, El patio, Las de Caín, El genio alegre de estos últimos. La actriz más destacada era Carmen Díaz, que acabó casándose con tío Paco Herrera, como ya he comentado en otras cartas; hacía una auténtica creación en la última de las comedias citadas.

Mi afición al teatro se dirigía sobre todo a la zarzuela, que entonces estaba muy en boga. En el teatro San Fernando, hoy desaparecido, actuaban todos los años las mejores compañías líricas y recuerdo en particular la del barítono Plácido Domingo y la soprano Pepita Embil, su mujer, más recordados ahora por ser padres del tenor Plácido Domingo. La primera zarzuela que vi, La canción del olvido, del maestro Serrano, se representaba en el teatro de la Exposición; a él fuimos Maruja y yo con nuestros padres en 1929 ó 1930. Las obras del citado autor (Los claveles, La dolorosa, etc.) de Jacinto Guerrero (Los Gavilanes, El huésped del Sevillano, etc.) de Luna (Los Molinos de viento, El niño judío, etc.) estaban en cartel casi todos los años entre muchas. Mi afición me hizo ver alguna dos o tres veces. No recuerdo la fecha en la que empecé a frecuentar el teatro.

Voy a completar esta revisión de mis primeras aficiones a los espectáculos teatrales con la ópera. La temporada se limitaba a cuatro o cinco sesiones en el intervalo entre Semana Santa y Feria, como ya os he indicado en una carta anterior. Para asistir a ella y ocupar una localidad de los tres pisos más bajos era preceptivo vestir de smoking; de confeccionarme esta hoy poco utilizada vestimenta se encargó el sastre de papá, que creo que se llamaba Carrascal y tenía su taller en la calle Cuna.

El repertorio operístico era muy clásico: Verdi, Puccini, etc. y los divos y divas contratados para cantar los primeros papeles eran de buen nivel, destacados en el mundo musical de aquellos años, como ya os dije hace meses. Creo recordar que no ocurría lo mismo con los coros y figurantes reclutados entre el personal indígena; sus componentes no eran muy presentables ni por su aspecto físico, pues abundaban los tipos esmirriados y poco aparentes, ni por sus vestimentas, más bien deslucidas, ni por la excelencia y coordinación de sus voces.

Lo anterior me recuerda una curiosa anécdota que me divirtió entonces. El teatro de la Exposición, donde se celebraban siempre las representaciones operísticas, era duramente criticado por supuestos fallos en su construcción. En los anfiteatros había localidades muy laterales desde donde se oía bien pero se veía mal una parte del escenario; en compensación había otras de buena visión a las que no llegaba bien el sonido. Los más veteranos de mis lectores recordaréis que la decoración del escenario era muy simple y austera, nada parecido a los complicados montajes actuales: un telón de fondo en el que los árboles, los campanarios, los ventanales, etc. en él pintados intentaban situar al espectador en el campo, calle, interior, etc. donde la escena ocurre. A ello contribuían las bambalinas, tiras de lienzo, en número de tres o cuatro que colgaban a varias profundidades y estaban asimismo decoradas; lo mismo ocurría con las tiras verticales que completaban a uno y otro extremo de la superior formando arcos rectangulares, los espacios entre cada dos de ellos servían de entrada y salida de los personajes en el desarrollo de la obra.

Se representaba Aida, obra, como se sabe, muy poco adecuada cuando se dispone de pocos y modestos medios. La marcha triunfal de las huestes de Radamés es larga, muy larga, y ello supone que los que participan en ella sean numerosos, muy numerosos, pero no había dinero o posibilidad de contratar a muchos y la empresa optó por reducir la tropa a dos o tres docenas que salían a escena por la segunda entrada lateral con sus armas y gallardetes, recorrían el escenario para, después de marchar por el interior del coliseo, volver a aparecer por la misma entrada dos, tres, cuatro…. veces; el público los reconocía y perdonaba el poco disimulado truco. Pero había que tener en cuenta que la separación entre las dos primeras bambalinas era ciega, es decir, no tenía comunicación con el interior del escenario; un aguerrido milite, escuchimizado y chiquitete, se equivocó en la marcha y optó por esa entrada ciega, tuvo que permanecer acurrucado en su rincón durante el resto del desfile tras alguna tentativa infructuosa de reintegrarse a él. En una de esas localidades laterales del primer anfiteatro que tenía fallos de visión estaba yo que, con los que quedaban cerca y a diferencia de los restantes espectadores, veíamos la comprometida situación del pobre hombre; no pudimos retener la risa para enfado y protesta del otro sector público.

Otra graciosa anécdota recuerdo de una representación del Fausto de Gounod. La escena debía desarrollarse en algún rincón del jardín o parque del protagonista y el fondo de ella se cerraba con una pared blanca en la que se disimulaba un portillo que se vislumbraba sólo por las finas líneas que lo delimitaban. El tenor Fausto expresaba en su sonata sus preocupaciones y afanes y, en particular, su arrebatado amor por la bella Margarita, cuando bruscamente se abrió el mentado portillo que se cerró con igual destemplanza una vez que lo hubo traspasado el malvado Mefistófeles enfundado en un fastuoso traje negro, tocado de un sombrero negro de amplias alas, adornado con plumas negras y provisto de un espadón en el que apoyaba una manaza amenazadora.

Venía a cumplir su misión que, a fuer de demoníaca, consistía en llevar al Dr. Fausto por el camino del mal. El papel del diabólico personaje está a cargo de un bajo que, como suele ocurrir en las óperas, era un mozarrón alto y fuerte que contrasta muchas veces con la esmirriada silueta de alfeñique del tenor. Este contraste, que se corresponde con el que se da en las voces, aguda y penetrante en el último, profunda y oscura la del bajo, se daba en nuestro caso.

Mefistófeles inició su perorata pero el público notó  enseguida que tenía dificultades para avanzar hacía el proscenio quizás con la intención de conseguir el beneplácito de los espectadores para sus perversos proyectos. Algo pasaba y pronto pudimos comprobar que en el rápido cierre del portazgo había quedado atrapada la hermosa negra cola que acreditaba su filiación infernal. Cada vez que el aria exigía un paso hacía adelante algo lo impedía y el público llegó a seguir el vaivén del actor con una especie de respiración colectiva que se llegaba a oír quedamente. Por fin, un funcionario que desentonaba en su atuendo del propio de la ópera, pues vestía mono y alpargatas, reabrió el portillo, echó hacia delante la maldita cola y se volvió a sus quehaceres cerrando la pequeña puerta. Más que las risas, que creo que las hubo, se sintió una especie de suspiro colectivo, pero hay que decir que el malvado Mefisto completó su actuación con dignidad, pues bueno es el diablo para salir a flote de un mal paso.

Y, por último, el cine. Pasaba éste por una época de gran esplendor, centrado en Hollywood; nos llegaba multitud de películas sobre los avatares de la alta burguesía norteamericana donde solía haber un príncipe ruso que encubría su condición nobiliaria y se colocaba de mayordomo en la mansión de un magnate adinerado cuya hija se enamora de aquél y…, bueno, al final todo acaba bien; otras veces esta chica un tanto voluble, a punto de casarse con su novio totalmente imbécil, reencuentra a un antiguo novio mucho más apuesto y simpático y bueno…. todo acaba bien al final, etc. etc. Era la época de Carole Lombard, Mirna Loy, Jeane Crawford, Loretta Young entre ellas y William Powell, Charles Laughton, Clark Gable, John Barrymore entre ellos. Por supuesto, además de las películas sobre las visicitudes de las familias norteamericanas de alto standing, inundaban nuestras pantallas las que ensalzaban la conquista del oeste. Hay que ver el partido que los yanquis han sacado a esta parte de su historia de indudable interés pero que me parece poco merecedora de tantos metros de celuloide.

A medida que pasaban los meses se iba acentuando una cierta participación de otras naciones en nuestra Guerra Civil; esto se reflejó en los cines de la zona nacional en los que fueron desapareciendo películas estadounidenses a favor de las alemanas e italianas; las primeras resultaban un tanto pesadotas y siempre afectadas por alguna dosis de propaganda nazi y las segundas eran, en cambio, de tendencia cómica y competían con las españolas de parecido cariz. La incorporación del sonido supuso para el incipiente cine español la de la canción andaluza en muchos casos en la voz de Imperio Argentina, dirigida por el entonces su marido Florian Rey en varios filmes de éxito, en los que actuaba también el gran cómico Miguel Ligero, especializado en papeles de gitano trapacero y embaucador.

Recuerdo los dos cines céntricos de Sevilla, el Pathé y el Llorens, en los que se inició mi afición a las películas que ya he perdido; ambos han desaparecido. En el primero, que estaba en la calle Cuna, cerca de la Campana, vi una primitiva versión de Ben-Hur, todavía en vida de mamá; era, por supuesto, muda pero, como un anticipo del sonido que se incorporó al cine poco después, un ruido de roce de cadenas producido detrás de la pantalla acompañaba la escena de los galeotes remando en la sentina del buque donde estaba esclavizado el protagonista.

Yo frecuentaba más el Llorens, que estaba en el tramo de la calle Rioja entre Tetuán y Sierpes, en el interior de una gran manzana de casas. El cine era pequeño y la existencia de palcos y de un segundo piso o anfiteatro denunciaba que procedía de la adaptación de un teatro o quizás de un café cantante. Para llegar a la sala de proyección había que atravesar dos amplios vestíbulos y en la puerta de separación de ambos se situaba el funcionario que controlaba la entrada de los espectadores.

La sesión empezaba por un noticiario (el famoso NODO), que en diez minutos resumía las noticias importantes de los últimos días; a continuación se proyectaba la película interrumpiendo su pase hacia su mitad con un descanso que los espectadores utilizaban para fumarse un pitillo en los dos vestíbulos mentados; de la puerta que los comunicaba había desaparecido el ya innecesario controlador de entradas. La observación de este hecho me sugirió un sistema para aliviar la parte de mi escaso presupuesto dedicada a espectáculos: no había obstáculo para penetrar en el primer hall desde la calle y había desaparecido el controlador de la puerta entre ambos vestíbulos y, por tanto, en el descanso era fácil entrar sin pagar; así lo hice yo y, visto el éxito, lo repetí más de una docena de veces. Claro es que de esta manera veía primero la segunda parte de la película aunque, como ya entonces se estilaba la sesión continua, yo me quedaba en el vestíbulo y volvía a entrar en la sala para contemplar el NODO y la parte primera del film y me volvía a casa al llegar el nuevo descanso. En el corto camino a San Isidoro recomponía mentalmente lo visto y resolvía las incógnitas surgidas al haber visto la resolución del tema antes que su planteamiento. Era un fallo de mi proceder delictivo que se compensaba con el ahorro. La verdad es que la pequeña estafa, que por primera vez confieso, no me producía ningún remordimiento aunque no persistí mucho en ella quizás porque empecé a sentirme solo ante el peligro de ser descubierto.

Aunque las sesiones de cine o teatro las disfrutaba solo y lo mismo ocurría con las mañanas de lectura en el parque, pronto empezó la formación de la pandilla, algo inevitable cuando acaba la época colegial; de ello os diré algo en las cartas siguientes. De ésta, queridos lectores jóvenes quizás sacaréis la impresión de que para ser tiempos de guerra mi vida en los finales de la década de los treinta no fue mala. Quizás más bien agradable, quizás….


         Besos y abrazos de


                                            Rafael


P.D. Me envía José Ramón una nota sobre El Penitente que rectifica y completa lo que os he escrito sobre este curioso personaje. Por su interés la transcribo a continuación:

Recibo la última entrega de la saga familiar y hay en ella una anécdota que merece la pena ampliar: la de El Penitente, capataz de El Cachorro. Lo que cuentas es rigurosamente histórico y la desaparición de El Penitente tiene una explicación sencilla: una vez que estalló el Alzamiento lo detuvieron, juzgaron y condenaron a muerte. El Penitente salvó la vida gracias a la intervención de Armando Herrera, por entonces Hermano Mayor de El Cachorro, quien adujo como gran motivo para el indulto la salvación de las imágenes y la Capilla, que se debía, prácticamente a El Penitente. Éste debió pasar muchos años en la cárcel, porque su reaparición como capataz de la cofradía se produjo en 1967 y a ella tuve la suerte de asistir como testigo presencial.

Como sabes, nuestra salida como nazarenos de El Cachorro se había interrumpido unos años antes. Pero en 1967, Mingo y yo decidimos reanudar nuestra participación en la estación de penitencia,y sacamos nuestras papeletas de sitio que, dada nuestra antigüedad, eran de los llamados cirios de escolta, o sea, las últimas parejas antes del paso. Yo era entonces Director General (de Política científica en el Ministerio de Educación y Ciencia regido por D. Manuel Lora Tamayo nuestro maestro, de José Ramon y mío) y, al llegar a la capilla, el mayordomo, que era entonces Vicente Pueyo, me buscó y me ofreció una vara en la presidencia del paso de Cristo. Allí conocí a El Penitente y allí me contaron su historia: y pude presenciar la emoción de aquel hombre, que se reencontraba con su Cristo, después de muchos años y que lloraba a lágrima viva en cada levantá.

Recuerdo aquella estación como algo verdaderamente único, porque la vivencia de una cofradía de barrio y enormemente popular, desde la presidencia del Cristo, es algo muy singular, y a ello se añadió la circunstancia del reencuentro de El Penitente con su Cristo.

         Gracias José Ramón.
    

viernes, 14 de octubre de 2011

Carta XIX


Querida familia:

Otra muerte bélica, acaecida en los comienzos del conflicto en fecha que no puedo precisar, me produjo una fuerte impresión que ahora revivo al escribiros. Se trata de la de Diego Rojas y Diez de la Cortina, hermano de mi compañero de curso e íntimo amigo Eusebio. Diego era el segundo varón de los cuatro que tuvo don Eusebio Rojas Marcos; había elegido la carrera militar, habiendo completado sus estudios en la Academia en junio de aquel año, 1936; al comenzar aquel verano lucía por primera vez sus estrellas de teniente y estaba pendiente de su primer destino.

La muerte de Diego, que le llegaba cuando apenas degustaba las primeras mieles de la carrera elegida me produjo un cúmulo de sentimientos. No había caído víctima de un crimen ignominioso, como mis primos Arias de Reina. Había muerto al frente de su tropa, dando cara al enemigo, fiel al ideal de su entrega al servicio de la patria; en cierto sentido, su muerte era la que correspondía a su vocación militar. Y me parecía que una confusa amalgama de sentimientos; profunda pena, tristeza ante una juventud tronchada pero también orgullo, admiración ante el deber cumplido, oferta familiar ante el altar de la patria, se difundía por todos los asistentes: padres, hermanos, amigos reunidos para recibir el féretro.

Yo acudí en seguida a consolar a Eusebio; presencié, no sin que se me saltaran las lágrimas, la llegada del ataúd, envuelto en la bandera rojigualda poco antes restablecida como enseña nacional. Se incorporaron enseguida los clérigos de la vecina parroquia de San Nicolás y el cortejo funerario, solemne y silencioso se dirigió al Cementerio de San Fernando presidido por la cruz y la bandera española.

La Transformación del alzamiento o pronunciamiento militar en guerra civil se produjo a lo largo de las últimas semanas de aquel verano del 36. En estos días se delineó el frente que separaba a ambos bandos; la zona gubernamental, pronto denominada “roja” estaba subdividida en dos partes no conectadas entre sí; la de menor extensión venía a comprender las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya, Santander y casi toda Asturias. Es importante recordar que la capital de esta, Oviedo, quedo en manos de los sublevados y se mantuvo durante meses cercada por las fuerzas gubernamentales. Todos los cronistas elogian la heroicidad de los defensores de Oviedo y coinciden en que esta se extendió a la población civil cuya colaboración a la resistencia fue máxima. En el cerco de Oviedo murió el que hubiera sido mi suegro, Antonio Castells.

La parte mas extensa de la zona roja comprendía las que hoy son autonomías de Cataluña, Valencia y Murcia; también la parte más oriental de Aragón; las tres capitales mañas sobresalían en el frente nacional avanzando un tanto en la zona roja. El frente seguía una línea indecisa por los campos de la Alcarria hasta enlazar con los alrededores de Madrid a donde las fuerzas nacionales llegaron pronto pero encontraron una feroz resistencia que duró hasta el final de la contienda. Es sabido que un foco aislado de resistencia de las fuerzas nacionales fue el Alcazar de Toledo, sede de la Academia general militar y en cuya liberación puso Franco especial empeño; conseguirla supuso un tiempo que, según algunos analistas del tema, pudiera haber sido decisivo para una llegada mas pronta de las fuerzas nacionales a Madrid.

La rápida conquista de los campos extremeños permitió mantener comunicadas ls zonas norte (Galicia, Castilla y León, Navarra y Aragón) y sur (gran parte de Andalucía) en poder de las tropas nacionales.

Pero la situación inicial de estas en Andalucía era ciertamente complicada y peligrosa; dominaban el valle del Guadalquivir pero había que atender a un frente norte delimitado, más o menos, por las cumbres de Sierra Morena y otro sur que venía a coincidir con las de la Cordillera Penibética; al sur de ésta la provincia de Málaga había quedado en la zona roja tras el fracaso del alzamiento en su capital. Córdoba y, sobre todo Granada, estaban amenazadas casi por todas partes. En cierto modo, Sevilla tuvo pronto una situación privilegiada a la que contribuía también el factor geográfico por su alejamiento de las zonas montuosas propicias a imprevisibles ataques repentinos. Las otras dos provincias limítrofes, Cádiz y Huelva, fueron pronto dominadas aunque en la segunda los mineros de Rio Tinto plantearon graves problemas; su intento de ataque a Sevilla fue sofocado y seguido de dura represión.

Nosotros los pequeños no nos dábamos plena cuenta de la situación de inestabilidad en que vivíamos porque además Sevilla, como acabo de indicar, adquirió pronto las características de una ciudad de retaguardia, no sometida a riesgos de ser atacada; si notábamos el ambiente de campamento militar que nos rodeaba. Así fue que, en los primeros días de octubre empezamos nuestro curso en el colegio de la calle Pajaritos como sí el recién acabado verano no hubiese cambiado drásticamente la vida de nuestra ciudad y de España. Al colegio se fueron incorporando jesuitas y se suprimió la proclamación de dignidades; por lo demás, las clases y otras actividades eran como en años anteriores. Yo terminé mi bachillerato este curso 1936-37.

Tengo la impresión de que muchos sevillanos, en particular, los de mi edad y condición social, apenas sufrían la guerra a menos que algún pariente próximo hubiera sido víctima de ella estuviera en el frente o hubiese quedado en zona roja. No había faltas en el suministro de los productos de primera necesidad y las tiendas de comestibles y mercados funcionaban como siempre y creo que algo parecido ocurría en el resto del comercio urbano. Las carencias y la escasez, en particular en el ramo de la alimentación, vinieron más tarde a comienzos de los años cuarenta. Yo recuerdo, quizás en el invierno de 1941-42, a tía Salud bajar con una taza de caldo caliente al portal gótico de San Isidoro para dárselo a beber a una mendiga que desmayaba su pobre vida entre espasmos de frío y hambre. Quizás en la relativa normalidad de vida que yo percibía en aquellos años de guerra influía el egoísmo propio de la mocedad que juzga el conjunto por lo que ve y vive en su inmediato alrededor, sin mirar a los que están más lejos; quizás la relativa austeridad que se vivía en San Isidoro 24 ayudaba a no echar de menos lujos de los que tampoco se disfrutaba en los anteriores días de paz. Cuando surge esta conversación en casa, Alicia la corta diciéndome que yo no supe lo que se sufrió en la guerra; los primeros recuerdos de ella, cuando aún no contaba cinco años, se localizan en el cerco de Oviedo donde, como ya dije, perdió a su padre.

Es posible que no se haya insistido mucho en un punto: la asimetría geográfica de las dos zonas, la “nacional” y la “roja”. Generalizando en forma algo exagerada la primera era fundamentalmente rural, agrícola, con una densidad de población más bien reducida y núcleos urbanos mucho menores que los de la otra zona. La producción cerealística, aceitera y vinícola, era muy elevada y el índice de industrialización y, por tanto, el de concentración proletaria era bajo. Se invertían estos términos en la zona roja que incluía las tres ciudades mayores de España, tenía una densidad de población mucho mayor y una producción agrícola menor (salvo de frutales); esta zona estaba mucho más industrializada. Por todo ello, a medida que las fuerzas de Franco extendían su dominio territorial, aumentaba el número de bocas que alimentar en grado superior a la producción de comestibles. Este desequilibrio entre necesidades y producción se acusó mucho más cuando ocurrió la rendición final de los rojos y influyó gravemente en la vida española de los años cuarenta sumándose a las inquietudes que nos producía la guerra de Europa y posteriormente a las consecuencias del aislamiento a que nos sometieron los vencedores de ella.

En esos primeros años cuarenta si vivimos restricciones y deficiencias. Se que al referirme a ellas rompo con toda ordenación cronológica pero, insisto, estas cartas son eso cartas y no una historia sistemática y estructurada. Mi primer recuerdo se refiere al pan que se alejó a velocidades de vértigo de aquel manjar blanco y prieto que procedía de Alcalá de Guadaira y que hace meses os he ponderado. De la panadería de San Isidoro, que también había alcanzado antes un alto grado de exquisitez, nos venían unas especies de pelotas, de color fuertemente amarillo, a las que había que tratar con mimo, porque de no ser así se desmoronaban bruscamente transformándose en montoncitos de arena amarilla que recordaban al albero de la Maestranza, creo que hasta en su poco delicado sabor.

Otro alimento, que se hizo entonces popular fue el boniato, un remedo basto de la batata que mejoraba, es un decir, si lo aplastabas con un azúcar que también había perdido su impoluta blancura.

Y para completar un trío de referencias alimentarias una cita al chocolate tan indispensable para las meriendas infantiles. Nada parecido a las exquisiteces actuales ni tampoco a las que ya había alcanzado la casa Nestle en los años treinta. Su color era ahora marrón sucio y su tendencia a desmoronarse era pareja a la del pan; pero seguimos trasegando aquella masa arenosa y áspera que nos proporcionaba la empresa Matías López.

Ni que decir tiene que las delicias dulceras que producía el Horno de San Isidoro y que algún que otro domingo completaban gratamente nuestro menú matinal bajaron de calidad a gran velocidad y tuvieron que ser sustituidas o suprimidas para mi pesar. Porque entre mis hermanos he tenido fama de ser dulce-dependiente en grado parecido al que esta segunda calificación se da en otros con el tabaco, el alcohol, las drogas, etc. Quizás haya algo de cierto en ello aunque no en el grado de acusación malevolente de mis descendientes directos, mis hijos y, no solo ellos, sino también alguna nieta crecidita e irrespetuosa. Algunos de ellos se atreven a afirmar que en las comidas familiares de los domingos a las que se incorporan en mayor o menor número lo que ya se han desgajado del tronco y han formado su redil propio, al llegar a la mesa la exquisita tarta que da fin al ágape, yo reclamo mi derecho de “pater familae” a partir y repartir. Así lo hago asignando las primeras porciones a los más pequeñajos, siguiendo por los ya creciditos y acabando por los más mayores. Al final, el último trozo bien cumplido del manjar me lo sirvo yo; casualmente va en él el adorno de chocolate que, no sólo embellece el conjunto, sino que constituye la parte de más delicado sabor de él. Nadie ha caído en la cuenta de que, al hacer esto, mis intenciones son buenísimas pues conocedor de que mi aparato digestivo supera en capacidad de funcionamiento a los de los demás pretendo evitar que estos sufran en la digestión de la pieza más difícil para someterse a esta operación fisiológica. En suma que mi reparto de la tarta está lleno de las más generosas intenciones.

El año comprendido entre los veranos de 1936 y 1937 fue de una intensa actividad bélica resuelta, prácticamente siempre a favor de las fuerzas nacionales más organizadas y mejor mandadas que las rojas. Aquellas llegaron con relativa rapidez, a los alrededores de Madrid desde el norte, comandadas por Mola y, desde el sur, reforzadas por contingentes militares trasladados del norte de África. Las conquistas de Mérida y Badajoz (11 de agosto), Talavera de la Reina (3 de septiembre) y Toledo (27 de septiembre) fueron hitos importantes en las primeras fases de la contienda. Yo seguía los avatares guerreros en un mapa que clavé en la galería del fondo de la casa, mediante pequeñas banderitas de papeles de color pinchadas en alfileres.

Por iniciativa del General Mola se tomaron enseguida medidas políticas y administrativas para facilitar la gobernabilidad de la zona nacional. Se constituyó la Junta de Defensa nacional, presidida por el General Cabanellas y formada exclusivamente por generales y coroneles.

Pronto se llegó a la conclusión de que un ataque frontal a Madrid era de resultado incierto y se decidió emprender campañas que acortaran la longitud de los frentes y aliviaran la presión que los rojos ejercían sobre algunas ciudades. En nuestra Andalucía esto se concretó en la campaña de Málaga que se desarrolló en el invierno de 1936-37 con la colaboración de fuerzas italianas y culminó en febrero del 37 con la toma de la capital provincial y el traslado del frente a la provincia de Granada liberándose la costa hasta la zona de Motril-Salobreña, Es fácil calcular sobre el mapa que esta victoriosa campaña supuso un acortamiento del frente de unos 150 kilómetros.

La parte del frente situada en tierras andaluzas apenas se alteró en el resto de la guerra hasta el derrumbamiento final de la zona roja. Un pariente nuestro, que estuvo destinado durante muchos meses en la zona montañosa de la provincia de Córdoba, me contaba que apenas había nada que hacer en aquellos riscos y que, como distracción, los combatientes de uno y otro bando se intercambiaban insultos y cuchufletas. Ambas fuerzas eran allí poco numerosas y habianse reducido sus efectivos para potenciar otros frentes.

Las fuerzas nacionales emprendieron la conquista de la porción norte de la zona roja. La campaña se llevó a cabo de oriente a occidente, cerrándose en primer lugar la frontera con Francia por la que empezaba a entrar armamento a las fuerzas gubernamentales. Los rojos tenían puestas sus esperanzas en el llamado “cinturón de Bilbao”, fortificación al parecer muy bien proyectada y construida bajo la dirección del ingeniero don Alejandro Goicoechea posteriormente inventor del tren TALGO; parece ser que el Sr. Goicoechea, siguiendo sus inclinaciones políticas, entregó los planos dal bando nacional y ello facilitó la toma de la capital vasca.

La provincia de Santander, de raigambre conservadora fue presa fácil del ejército nacionalista y, por fin, en el verano de 1937 Asturias fue totalmente conquistada y el heroico coronel Aranda, sus heroicas huestes y la no menos heroica población civil ovetense se vieron por fin liberados. Entre las personas liberadas figuraba una familia, una viuda joven y bella con tres hijas pequeñas, embarazada de una cuarta cuyo marido, uno de los que se llamaría después con orgullo “defensores de Oviedo” acababa de morir de enfermedad contraída en la trinchera. Andando el tiempo, este grupo femenino constituiría mi familia política. La más bajita y bonita de las hermanas me tocó en suerte años después y con ella llevo cincuenta y seis años que no es poco.
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Los abuelos estaban muy preocupados ante la falta de noticias de tío Rafael y su familia que habían iniciado su veraneo en San Sebastián a primeros de julio. Pero, ante la desolación de la familia, tampoco hubo noticias cuando San Sebastián pasó a manos de las fuerzas de Franco a comienzos de la campaña del norte de la que acabo de haceros un breve resumen. Lo ocurrido fue mas o menos como sigue: tío Rafael tuvo miedo de que la conquista de San Sebastián implicara una sangrienta batalla con grandes riesgos para la población civil y decidió desplazarse hacia el oeste y aprovechar para el cambio de bando alguna ocasión propicia. Se detuvieron en Deva, localidad que debió pasar a manos nacionales casi sin resistencia. Es decir que más que exponerse a los riesgos de una huida de una zona a otra, esperar a que el cambio de bando pasara por delante de ellos. Pronto se puso el tío en contacto con sus padres y hermanos, quizás telefónicamente, y anunció su viaje a Sevilla que entonces era un periplo muy complicado a través de Burgos, Salamanca, Cáceres y Mérida; no sé que medio de transporte utilizaron.

Con gran algazara tío Rafael y los suyos fueron recibidos por mis abuelos y el resto de la familia. Abuela y tía Salud tomaron las medidas necesarias para alojarlos en San Isidoro 24; el aumento de población de nuestra vivienda obligó a que muchas habitaciones cambiaran de uso, desaparecieron las “de respeto”, pero, por fortuna para papá y para mí, nuestro dormitorio no sufrió cambios.

Prometí detenerme en la consideración de la capacidad de acogida de mis abuelos, de su enorme generosidad, de su sentir familiar pero lo haré en la próxima carta.

          Besos y abrazos de
  
                                                  Rafael

miércoles, 5 de octubre de 2011

Carta XVIII


Querida familia:

Amaneció el sábado 25 de julio. Sevilla estaba tranquila, silente. El general Queipo de Llano había dominado la situación en esta primera semana del alzamiento; los pueblos próximos a la capital estaban también bajo control. En varias ciudades grandes de Andalucía ocurría algo parecido. Granada, Córdoba, Jerez, San Fernando y Cádiz estaban también en manos de los nacionales; de Málaga, por el contrario, venían noticias alarmantes, en tanto que Huelva fue ocupada por los sublevados con cierta facilidad. Pero las noticias que llegaban de los pueblos eran estremecedoras; las turbas rojas habían ocupado los Ayuntamientos desplazando a los izquierdistas más moderados de los cargos municipales y habían cometido numerosos asesinatos de personas de la derecha.  Papá, nada más levantarse, me dijo: “me voy a misa, porque hoy es día de Santiago Patrón de España y además quiero rezar por Rafael Arias de Reina ya que estoy seguro de que lo han matado”. Se vistió de prisa y cruzó la calle y entro en la parroquia que no había interrumpido los cultos, aunque la asistencia a ellos se había reducido.

Rafael Arias de Reina era el marido de tía Pilar, prima hermana de papá; creo que el padre de esta era Francisco, el hermano de abuelo que olvidé en una de mis primeras cartas. Tía Pilar era una mujer grande, morena de buena presencia; había tenido tres hijos: José María, Rafael y Carmelita que contaban entonces 19, 16 y 12 años. Tío Rafael era el menor de los cuatro hermanos Arias de Reina, tenía una buena posición económica aunque afectada en aquellos días por la grave crisis del capitalismo agrícola que se extendía por toda Andalucía. Creo poder asignarle la categoría de cacique del pueblo; quizás este “cargo” debería ser desempeñado por su hermano mayor Romualdo, ganadero de reses bravas y poseedor de una gran fortuna. Pero Romualdo había muerto el invierno anterior y como en su matrimonio con Teresa Zayas no hubo hijos pasó el testigo a Rafael el más adecuado de los hermanos para desempeñar la función caciquil. Tampoco tuvieron descendencia los otros dos hermanos, Antonio que fue nombrado alcalde cuando las tropas de Queipo ocuparon Arahal y Mariano dedicado casi exclusivamente al trasiego de alcohol, que era la “oveja negra” de la familia. Dolores, única hermana de Teresa, casada con su primo Pepe Zayas, tampoco tuvo hijos. Por ello a mis primos Arias de Reina Pérez se los rifaban toda su familia.

Rememorando en estos días los primeros acontecimientos de nuestra guerra civil, pienso en si alguno de vosotros, mis queridos lectores de la segunda y tercera generación, ha reflexionado alguna vez en las profundas diferencias entre este tipo de contienda armada y las guerras entre dos naciones o grupos de ellas. Estas conservan en sus comienzos algunos rasgos de la cortesía y consideración con que deberíamos tratarnos los hombres siempre, aún en los momentos más difíciles para la convivencia. Comienzan estos conflictos con una declaración formal del estado de guerra, un aviso previo al comienzo de las hostilidades; ello conlleva el cierre de las embajadas correspondientes y el abandono del personal diplomático que prestaba sus servicios en los países desde entonces enemigos. Todo esto se realiza con toda clase de miramientos y los embajadores, tras encomendar a algún colega de un país neutral los asuntos que quedan pendientes, se trasladan a la frontera o al aeropuerto sin que haya lugar para ningún incidente. La frontera se transforma en frente y comienza el juego de intentar el desplazamiento de este. Pero los que quedan a cada lado de este tienen los mismos propósitos, están unidos por el patriotismo que, en estos trances, resurge con fuerza.

Pero en las guerras civiles todo es diferente; comienzan sin avisar y sin dar cuenta al enemigo de las intenciones y propósitos y, sobre todo, los partidarios de uno y otro bando están al comienzo mezclados, ocupan las mismas ciudades y pueblos, no hay límites iniciales que separen a unos de otros; la confusión es grande, los contendientes de ambas partes ocupan el mismo espacio geográfico y los odios, traiciones y venganzas personales se mezclan sangrientamente con los afanes de imponer una idea política. Así ocurrió en España en las guerras carlistas del XIX y en nuestra guerra civil del 36-39.

A pesar de que Andalucía estaba muy escorada a la izquierda, el arrojo y la decisión de un grupo de militares llevó al triunfo del alzamiento en el cordón de ciudades que va de Granada a Cádiz como ya hemos recordado. Una vez dominadas las ciudades era preciso ampliar la zona sometida a los pueblos en la mayoría de los cuales las turbas rojas se habían hecho con el poder ante la indecisión, la escasez o la ausencia de fuerzas del orden. A partir del 22 o 23 se organizaron en Sevilla columnas militarizadas que llegaban a los pueblos, imponían el orden, nombraban nuevas autoridades municipales, reforzaban los pequeños destacamentos de la Guardia Civil, etc. y, lo que resulta curioso e incluso asombroso volvían al atardecer a Sevilla para repetir, al día siguiente, el mismo proceso en otros pueblos. Esta manera de actuar daba a la guerra de los primeros días  un tinte pintoresco propio de una película norteamericana de la serie B para consumos de los forofos de la televisión.

Como os dije en la carta anterior, Maruja y yo insistíamos en salir a la calle y papá, tras cierta resistencia, accedió a que diéramos los tres un breve paseo. Las calles estaban desiertas y las pocas personas con las que nos tropezábamos llevaban un paso acelerado, sin detenerse nunca, como el que va a solventar un encargo urgente; nada parecido al deambular reposado de una tarde festiva y veraniega. Tras atravesar la plaza de San Francisco asimismo solitaria llegamos a la plaza Nueva en la que un grupo poco numeroso de personas escuchaba las marchas militares y los pasodobles que interpretaba la banda de alguno de los regimientos radicados en Sevilla. Presentimos que la gente allí estacionada esperaba algo y pronto se extendieron rumores que dieron forma a esta espera. Los silencios entre cada dos números musicales eran profundos, absolutos, no había tráfico rodado. Pero al cabo de un rato uno de estos silencios se vio interrumpido por unos intensos ruidos de motores con algunos gritos; la música se detuvo y desembocó desde Avenida la columna del día que acababa de liberar no se si uno o más pueblos. No se en que momento papá supo que las tropas regresaban de Arahal.

La columna se iniciaba con un coche donde iban los mandos, seguían varias camionetas con soldados que, en una de ellas, pertenecían a la Legión, algún vehículo con guardias civiles y al final muchos coches privados con los voluntarios que se habían incorporado al convoy armado. Había coches de falangistas con sus camisas azules y pantalones negros, de requetés tocados con sus boinas rojas, y varios otros tripulados por jóvenes cuyo único distintivo militar era un correaje sobre sus camisas polvorientas y sudadas. En uno de estos iba Rafael Salvador, primo segundo de papá con otros dos jóvenes. Como la columna marchaba despacio, papá logró que se detuviera el coche de su primo el cual le confirmó que venían de Arahal y ante la pregunta de papá sobre tío Rafael Arias de Reina, contestó: “Muerto, horrible, espantoso, vente a casa y te cuento”. Terminó la columna su desfile, se disolvió el grupo de espectadores y nosotros tres nos encaminamos a la casa de Rafael Salvador, que estaba cerca.

Un inciso para presentaros a una parte más de la familia del abuelo Rafael. Tío Pedro Salvador, al que recuerdo vagamente como un hombre pequeñito, delgado, muy hablador y muy simpático era primo hermano de abuelo con el que estaba muy unido no solo familiarmente sino también en algunas actividades económicas. Ambos fueron conjuntamente dueños de “La Capitana” y de la ganadería de reses bravas que se criaba en ella; se la vendieron a Juan Belmonte y no fueron los Herrera los que realizaron esta transacción, aunque si fueron estos los que descubrieron y promocionaron al célebre matador. Esta rectificación se la debo y agradezco a Enrique y a Paco, aficionados a exhumar noticias viejas de papeles viejos depositados en archivos polvorientos y no confían solo en una memoria vieja como, imprudentemente hago yo. Por cierto que ambos hermano y primo me recuerdan que en el famoso diccionario Espasa como ilustración del término “toro” figura una foto de la faena de herrar un becerro; las cuatro personas que atienden el caso, tocados todos con sombreros de ala ancha son: abuelo, tío Pedro Salvador, papá y tío Rafael.

Tío Pedro era padre de dos hijas y tres hijos: Maria Teresa ingresó en un convento y tengo entendido que alcanzó un cargo prominente en la Orden religiosa correspondiente; tía Amparo era una mujer bella y simpatiquísima con la que tuvimos mucha relación; casó con tío Manolo Fernández, un señor mucho mayor que ella, serio y acaudalado; vivían en un enorme edificio en la plaza del Duque, gran parte del cual ocupaban los almacenes y tiendas que explotaba el tío. Según me contó papá, este había comprado varias casas antiguas del barrio de Santa Cruz, casas de patio y fachadas moriscas, sitas en esos callejones estrechos cuyo delicioso recorrido en tardes primaverales recuerdo con emoción. Tío Manolo Fernández había hecho obras en estas casas para mejorar su habitabilidad pero respetando religiosamente todos los detalles pintorescos y típicos de las mismas, lo que los sevillanos han de agradecer. Los diez hijos de tía Amparo y tío Manolo fueron amigos nuestros y esta amistad se manifestó sobre todo en alguno de los veraneos en La Jara.

De los tres varones hijos de tío Pedro: Manolo, Rafael y Leopoldo recuerdo que el segundo, que era en las fechas que estoy rememorando, el único que permanecía soltero; difería de sus hermanos, hombres serios y formales; en su afición a las juergas y jaranas. El y sus amigos eran los clásicos señoritos sevillanos mirados con buenos ojos, y a veces con discretas tentativas por el mujerío en edad de merecer; ellos pueden ser más bien superficiales pero, cuando las circunstancias aprietan, son los primeros en “dar el callo”. Y así ocurrió con Rafael Salvador que fue uno de los voluntarios de la primera hora del “Glorioso Movimiento Nacional”.

Accedimos a casa de Rafael y pasamos a un salón bellamente amueblado donde charlaban media docena de hombres jóvenes entre los que estaban los dos o tres voluntarios a los que acabábamos de ver en la plaza. Una señora se llevó a Maruja a la tertulia femenina reunida en otra sala. Los voluntarios fueron pasando sucesivamente durante la charla que siguió a un cuarto de baño próximo del que salían limpios y relucientes transformados de nuevo en ciudadanos normales. Vuelvo a subrayar las curiosas características de esta guerra en sus primeras jornadas. A la guerra se iba de día y al anochecer los soldados volvían a sus cuarteles y los voluntarios a sus casas; pero como la guerra además de una actividad sangrienta y dolorosa es también sucia había que tomar un buen baño antes de sacar las copitas de manzanilla o fino previas a la cena que no se diferenciaba de la de los tiempos de paz. Al día siguiente había que hacer la transformación inversa de ciudadano en combatiente y dedicar la jornada a la acción bélica.

Los voluntarios nos contaron los terribles hechos ocurridos en el pueblo de mi abuelo; su relato figura en mis recuerdos en la forma que sigue. La izquierda más extrema de Arahal ocupó el Ayuntamiento y decidió encarcelar a los derechistas más conspicuos del pueblo; el primero que seleccionaron fue Rafael Arias de Reina que se había encerrado en su domicilio con su mujer, sus dos hijos más pequeños y las muchachas de servicio; también les acompañaba una especie de guardaespaldas que había seleccionado entre los campesinos que trabajaban en sus tierras Los compañeros de éste le apodaban “el Rey” y era absolutamente fiel a su señor. Mi primo José María acompañaba a su tía Teresa Zayas que vivía en su finca a corta distancia del pueblo. La horda armada que se formó equipada con escopetas, hachas, guadañas, etc. se plantó ante la casa del tío con intención de apresarlo. No sé si tío Rafael y “el Rey “ hicieron algún disparo de escopeta o pistola con ánimo disuasorio y si los atacantes contestaron de igual manera pero, al fin, uno y otros pactaron que el tío se entregara con la promesa de que respetarían su vida; no fue así y en cuanto Rafael pisó la calle fue abatido a tiros de escopeta y muerto.

Los rojos continuaron su tarea atrapando a significados derechistas del pueblo que en número de 23 fueron encarcelados en un calabozo que el Ayuntamiento tenía en su piso bajo; entre estos presos había una sola mujer, Teresa Zayas, que había sido capturada en su finca junto a su sobrino José María; su hermano Rafael, como dije era un chico de 16 años fue también encarcelado como también el párroco de la iglesia de Santa Maria Magdalena. Algunas otras personas tuvieron más suerte. Antonio hermano de tío Rafael, fue buscado y no hallado. Un grupo se encaminó a la casa de Pepe y Dolores Zayas pero en su puerta encontraron a un correligionario suyo que, escopeta en ristre, les comunicó que “a don José y a doña Dolores no se les toca sin matarme a mi primero”. El matrimonio recogía así el agradecimiento de alguno de los muchos a los que había ayudado; varios hechos parecidos se produjeron en otros lugares.

Estos hechos ocurrían muy poco antes de que la columna de Queipo fuera avistada por la carretera de Sevilla. Pero antes de su llegada un monstruoso criminal (o quizás una, como alguien dijo) arrojó por la ventanilla del calabozo un bidón de gasolina y cerillas encendidas. Las llamas que se produjeron prendieron en las ropas de los encarcelados y cuando la columna entró en la plaza los desgarradores lamentos de los que ardían llenaban el ambiente. El desconcierto fue total pues nadie sabía quien era el depositario de la llave del gran portalón de hierro del local carcelario. Me contaron que uno de los oficiales de la tropa nacional tuvo un ataque de locura y empezó a disparar en todos los sentidos teniendo que ser reducido y atado a un árbol. Por fin, un forzudo sargento legionario consiguió un hacha y logró destrozar la cerradura. Muchos de los presos ya habían fallecido; otros agonizaban dolorosamente y murieron en su traslado a hospitales o ya en estos. El único superviviente fue el cura que estaba junto a alguien más, en el pequeño retrete que ocupaba una esquina del local; instintivamente introdujo la cabeza en la taza del water y ello le salvó. El buen sacerdote se repuso lentamente y al cabo de algún tiempo volvió a hacerse cargo de su parroquia; no obstante, no sanó nunca del todo y parece que en más de una ocasión, al pronunciar la plática dominical, enmudecía de repente, pedía perdón a los fieles concurrentes y abandonaba el púlpito agobiado por sus recuerdos . En esta acción criminal perecieron mis primos José María y Rafael, este último casi un niño; de todos los crímenes de nuestra guerra civil no conozco ninguno tan brutal. La represalia por parte de las tropas no se hizo esperar y parece que todos los que fueron encontrados con armas fueron fusilados; Entre ellos estaban los dos hermanos más jóvenes de Ascensión, la muchacha de mis abuelos; de aquí el carácter taciturno y tristón con el que recuerdo a esta mujer como os dije en una carta anterior.

Tras escuchar el trágico relato de los sucesos de Arahal, papá, Maruja y yo regresamos entristecidos y silenciosos por las calles casi desiertas de una Sevilla que entraba en la noche sumida en el dolor que se iba extendiendo a medida que se iban conociendo, a través de la radio, este y otros aconteceres luctuosos de los pueblos.

Para completar estos recuerdos personales de los primeros momentos de nuestra guerra civil voy a comentaros dos o tres hechos que atañen sólo a nuestra familia y allegados. Ascensión tenía otro hermano, el mayor de los tres que, al parecer no había tomado parte activa en los hechos quizás porque su condición de casado y padre de dos niños le aconsejaba no participar en los mismos; pero la muerte de sus hermanos y su pertenencia a un sindicato le hicieron temer por su vida; presa del pánico decidió marcharse a Sevilla y que allí su hermana le ayudara a esconderse por unos días. Tras un par de jornadas para recorrer a pié la distancia entre pueblo y capital se presentó en casa y expuso a Ascensión su situación; esta sabía que el corazón de tía Salud era más blando que la miga de pan habló con ella que expuso el tema a los abuelos y a papá. Entre todos decidieron que se quedara en casa ocupando la pequeña habitación anexa a la parte de la cochera que había sido cuadra y que mencioné en su día; había allí un camastro que a veces utilizó Manué. Ascensión se ocupó de que no le faltara comida y el hombre permaneció allí varios días hasta que decidió regresar al pueblo.

En los últimos días de julio aparecieron en casa tía Pilar y Carmelita; no podían soportar la vida en Arahal y venían a refugiarse en la capital. Mis abuelos con la generosidad y capacidad de acogida que les caracterizaban decidieron darles cobijo habilitándose para ello uno de los cuartos de la galería del fondo. Permanecieron con nosotros una temporada; más tarde adquirió tía Pilar un piso donde vivió largos años hasta su muerte. Carmelita también vivió, se casó y murió en Sevilla donde residen sus descendientes.

“El Rey” no podía olvidar la muerte de su señor y pensó que estaba obligado él mismo a realizar un acto de justicia que constituyera la reparación del crimen. Acechó a un conocido izquierdista del pueblo que, según me contaron, era hombre pacífico y moderado que no había participado en los luctuosos hechos; le obligó a seguirle con amenazas. Llegaron a las afueras del pueblo y “el Rey” manifestó a su prisionero que tenía que desagraviar a tío Rafael y seguidamente disparó sobre él varios tiros de escopeta que acabaron con su vida.

Una preocupación más hacía presa en mis abuelos: no sabía nada de sus hijo Rafael y familia a quienes había sorprendido el alzamiento en San Sebastián donde pasaban el verano; estaban, pues, en la “zona roja”.

Pero ya seguiremos en la carta próxima en la que quiero detenerme en como abuelo y abuela practicaron en grado máximo el viejo precepto evangélico de “dar posada al peregrino”; quiero contribuir a que los que no los conocisteis admireis y aprecieis la ilimitada generosidad de aquellos antepasados de todos nosotros.

          Besos y abrazos de

                                               Rafael

Carta XVII


Querida familia:


Mi primer contacto con la política en su vertiente electoral se produjo con motivo de los comicios de 1933. Mi afición a las elecciones y, en particular, a las estadísticas electorales es muy antigua y mi mujer dice que no se explica cómo he podido soportar cuarenta años, los del franquismo, sin poder satisfacerla.


Es sabido que la Monarquía cayó a raíz de unas elecciones municipales que dieron el triunfo a los republicanos en la mayoría de las capitales de provincia y otras ciudades grandes, aunque no en el conjunto del país. El primer Gobierno de la República convocó de inmediato elecciones a Cortes constituyentes que dieron un triunfo arrollador a los republicanos, en especial de izquierda.

Uno de los problemas nacionales que venía planteado desde hacía años era el de la concesión del voto a la mujer. Ésta no podía elegir aunque sí ser elegida y en los Parlamentos de entonces siempre figuraban tres o cuatro féminas, siempre también escoradas a la izquierda. Dada esta situación, la mayoría de las mujeres se despreocupaba del tema y no se metía en averiguar por qué se votaba, para qué se votaba y qué consecuencias tenían los resultados electorales en su rutina diaria. Esto estaba tanto más extendido cuanto más se bajaba en la escala social y educacional. Por ello, cuando las Cortes dieron carpetazo al machismo electoral, los partidos se vieron en la necesidad de concienciar a este nuevo cincuenta por ciento del electorado que, hasta entonces, no había pensado en un tema en el que no podía intervenir. Pienso que un sector importante del voto femenil estaba en lo que papá llamaba sociedad heril, muy extensa por entonces. Las sirvientas podían obedecer a influencias familiares llegadas de sus pueblos y votar a la izquierda o sentirse obligadas a sus señores que las trataban bien y daban cierta estabilidad a sus vidas y votar a la derecha, pero, en general, no discernían entre ambas y menos entre los diversos matices de una y otra que daban lugar a una profusión de candidaturas.

Tía Salud, con la intuición que la caracterizaba, comprendía que, para conseguir el voto favorable de las muchachas de servir, había que darles en mano la papeleta y acompañarlas a ejercer su nuevo derecho. No se fiaba de que dos ancianas sirvientas de sus suegros optaran por quedarse en casa porque aquello ni les iba ni les venía. Y decidió escoltarlas para que ejercieran su voto en la calle Arfe donde les correspondía. Pero como no había hombre que las acompañara, pues el único posible, papá, estaba inmerso en otros deberes electorales, me ofrecí como paladín a respaldarlas y así fuimos, una señora joven y guapa, un jovenzuelo y dos ancianas modestas y venerables a hacer valer el derecho de éstas. Que les fue discutido hoscamente por los representantes de la izquierda de la mesa electoral que se olían la tostada al ver que tía Salud no votaba allí e iba sólo a fiscalizar lo que hacían las ancianas; al fin, cedieron ante la presentación de la impecable documentación personal aportada.

En todos los países medianamente civilizados y que presumen de demócratas, los Gobiernos y los Parlamentos se devanan los sesos para encontrar un sistema electoral justo, es decir, un sistema en el que la traducción del número de votos emitidos a favor de cada candidatura o candidato en escaños asignados refleje con exactitud las preferencias de los votantes. Pero no se ha encontrado una solución única, válida e incontrovertible para este problema y Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, nuestra España, etc. optan, cada una, por una fórmula diferente. Ya conocéis la nuestra; aplicar la regla D’Hont (un profesor universitario belga) que favorece a las mayorías y tiende a evitar la representación de muchos partidos pequeños; pero, en nuestro caso, han quedado beneficiados los partidos que sólo se presentan en una región o autonomía, o sea, los nacionalismos periféricos.

En tiempos de la Segunda República el sistema era diferente. En primer lugar, había que delimitar el distrito electoral y se eligió para ello la provincia. Creo que la división de España en 49 provincias (luego 50 por el desdoblamiento de Canarias) data de mediados del XIX y que se realizó precisando los límites con la inevitable arbitrariedad; de entonces parecen proceder los curiosos enclaves de unas provincias en otras como el Condado de Treviño, tierra burgalesa situada en Álava que sigue suscitando disputas en los días actuales y el rincón de Ademuz, tierra valenciana fuera de Valencia que no plantea problemas porque, que yo sepa, nadie va nunca a Ademuz y los naturales de este pueblo no sienten ganas de moverse de él. Y como último ejemplo citaré Petilla de Aragón, trocito territorial zaragozano enclavado en Huesca; posiblemente un legislador bienhumorado quiso provocar la disputa sobre la paternidad del insigne don Santiago Ramón y Cajal, nacido allí, entre los naturales de las dos provincias aragonesas afamados por su testarudez.

La identificación entre provincia y distrito electoral tenía cuatro excepciones; Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Es decir, cuando la capital provincial superaba los 100.000 habitantes formaba, con algunos pueblos próximos, distrito aparte del que abarcaba el resto de la provincia. El número de diputados por circunscripción era, como es lógico, proporcional al número de electores y a Sevilla le correspondían seis por la capital y diez por la provincia; estos números son prueba del predominio rural que tenía todavía la población española. Para asegurar que más de una fuerza política estuviese representada, cada elector sólo podía votar a un máximo del ochenta por ciento de las plazas en liza. Según esto, en Sevilla capital las candidaturas tenían cuatro nombres y salían cuatro diputados por la mayoría y dos por la minoría; en la provincia, los números correspondientes eran ocho y dos.

Por otra parte, a diferencia de lo que está ahora en vigor, las listas no eran cerradas y cualquier votante podía sustituir en su papeleta a un candidato por otro que tuviera análoga condición en otra lista; ya me he referido a esto al comentar el cómico incidente entre los cuñados Tello y Graciani. Como había muchos electores que hacian uso de este derecho, se producía a veces algún resultado inesperado sobre todo cuando dos fuerzas políticas tenían apoyos numéricos parecidos.

Otro punto importante era la formación de coaliciones, las cuales. al sumar los votos de dos o más partidos. podían conseguir la mayoría con más facilidad. Así, en las elecciones de 1931, la coalición republicano-socialista consiguió una amplia mayoría en Sevilla capital y todos los diputados en la provincia, es decir, el copo según expresión de la época. La derecha, aún hundida tras el mazazo del cambio de régimen y sin tiempo para reorganizarse, obtuvo resultados muy pobres. La influencia de las coaliciones en los resultados electorales ha sido bien estudiada por los historiadores y fue muy importante en los casos de Sevilla capital y provincia; así, en las elecciones de 1933, la coalición de derechas logró diez de los dieciséis diputados que sumaban ambas circunscripciones, ya que los republicanos de izquierda, socialistas y comunistas, presentaron candidaturas separadas. El partido de AP contaba en Sevilla con la ayuda fiel de la Comunión tradicionalista, que había adquirido cierta fuerza en nuestra ciudad bajo la hábil dirección de su jefe nacional don Manuel Fal Conde, sevillano y radicado en nuestra ciudad. A este grupo político pertenecían varios miembros de la familia de mamá y uno de ellos, Josele, el segundo varón del tío Perico, pensó en la posibilidad de que yo me incorporara a la rama juvenil de la Comunión puede que alentado por el éxito de mi conversión de bético en sevillista conseguida por él algunos años antes como ya sabéis. Me parece que yo me encontraba más a gusto en la ideología de mi padre, derechista pero más abierta que aquella. No estaba yo convencido de que para España hubiera sido mejor mantener la ley que prohibía el acceso a la corona real a las mujeres y que había que partirse el pecho por los descendientes de don Carlos, el hermano de Fernando VII. Sin embargo, Josele consiguió llevarme a la reunión anual que celebraban los tradicionalistas en la finca Quintillo, propiedad de uno de ellos, que adoptaba la forma de fiesta campera con misa, discursos y abundante comida y bebida; en fin, me lo pasé muy bien, como se dice ahora, pero no cambié de camiseta política. En honor de la verdad, hay que decir que los carlistas sevillanos, aunque no eran muchos, constituían un grupo compacto y fiel a sus principios como lo demostró en la Guerra Civil.

Cuando llegaron las elecciones de febrero de 1936, un compañero de curso, Federico de León y Arias de Saavedra y yo decidimos colaborar con los Buenos arrancando de las paredes de los edificios los carteles propagandísticos de la izquierda; no fueron muchos los que cayeron pues nuestra labor no fue del gusto de algunos viandantes y ello nos llevó a emprender rápidas huidas; al cabo de algunas horas volvimos a casa cansados como perros con la satisfacción de haber hecho algo por la patria.

Las consecuencias del triunfo del frente populista en las elecciones no se hicieron esperar. Quizás hubieran sido peores si no hubiese habido que atender a los daños producidos por las inundaciones. Por eso los desórdenes fueron posiblemente más graves en muchos pueblos en los que además las fuerzas de orden público brillaban por su ausencia o se reducían a algunas parejas de la Guardia Civil que no tenían órdenes muy concretas para atajar los desmanes. Varias iglesias fueron quemadas, sus imágenes y objetos de culto profanados y destrozados, algunos casinos frecuentados normalmente por gente de derecha y centro fueron arrasados, varias fincas fueron ocupadas en forma violenta y sus dueños o arrendatarios huyeron.

Muchos de estos desmanes fueron acompañados por el derramamiento de sangre, figurando entre los muertos algunos miembros de las fuerzas del orden. Una parte de la derecha respondió con violencia y la primavera de 1936 fue un auténtico baño de sangre.

Nuestra familia participaba de la inquietud general que, como es lógico, afectaba también al colegio del cual empezaron a desaparecer los padres jesuitas. No obstante, siguieron impartiéndose las clases y el curso terminó con los exámenes de junio en el Instituto como en los años anteriores.

Mis abuelos y sus hijos consideraron que aquel año no era prudente veranear y, por ello, a fines de junio se realizó una mudanza bastante completa al piso bajo. El llamado “despacho del abuelo” se transformó en el dormitorio de él y de abuela; las dos habitaciones del fondo del patio pasaron a ser dormitorios de tía Salud, Maruja y José Ramón, una de ellas, y la otra de Paco, Enrique, Mingo y el Pulga (no he logrado entender cómo cabían las camas de todos en ella). El comedor y la cocina del bajo se acomodaron adecuadamente para que cumpliesen sus funciones propias. Sólo las muchachas del servicio, papá y yo estuvimos exentos de la mudanza por falta de espacio abajo. Ya comprenderéis que para lavarse o bañarse había que subir al principal pero no había otro remedio y, además, ya sabéis que el aseo personal no tenía el carácter obsesivo del que disfruta hoy.

El desorden social se había convertido en caos y el Gobierno se mostraba incapaz de enderezar la situación. Entonces se perpetró el crimen más abyecto y absurdo que pueda imaginarse puesto que fue cometido con el conocimiento, tal vez con el consentimiento y con la complacencia de, al menos, parte del Gobierno. En la madrugada del 13 de julio, un piquete de los guardias de asalto, fuerza estatal de seguridad, detuvo en su domicilio a don José Calvo Sotelo, uno de los jefes más destacados de la oposición derechista y lo asesinaron en el mismo vehículo en que lo transportaban. Sobre la víctima no pesaba ninguna acusación en que pudiera basarse la detención y el hecho de que el crimen fuera cometido por agentes uniformados de las fuerzas estatales de seguridad confiere a este asesinato la categoría de único en la larguísima historia de los crímenes políticos de nuestra doliente humanidad.

La necesidad de que un golpe militar pusiese fin a todo esto era sentida por una gran parte de la población española incluyendo ya a muchos izquierdistas desilusionados. Además, una de las grandes paradojas de la situación era que el levantamiento armado estaba siendo preparado desde hacía meses y esto era vox populi. Y, por tanto, sabido por los que, en pura lógica, debían tratar de evitarlo. Pero también en esto quedaba clara la atonía e incapacidad del Gobierno de turno.

Puede que la ignominiosa muerte de Calvo Sotelo adelantase el estallido del levantamiento militar. El clima bélico del momento se hacía notar incluso en la vida familiar y así tía Salud, con su intuición femenina, en la mañana del 18 cuando apenas se habían difundido algunos rumores sobre la agitación militar en África, nos cosió unos gorritos verdigrises, del tipo usado entonces por la tropa, para que nuestros juegos fueran un remedo de la situación.

Paco, en una extensa carta de la que ya he tomado algún detalle, me cuenta lo siguiente: “Recuerdo que su novio (el de Amparo, la tata de José Ramón) pelando la pava el 18 de julio con ella, nos anunció la sublevación en Sevilla y que aquel día por la tarde iban a comenzar los tiros, como ocurrió efectivamente”.

El 18 de julio era sábado, día entonces plenamente laborable y, en principio, la oficina debería abrirse. Pero el único que apareció, fiel a su muy estricto sentido del deber, fue Lorenzo, que comentó que en el camino recorrido desde su casa apenas se cruzó con dos o tres personas. Papá le recomendó que se volviera y que permaneciera con su mujer y su hijo en espera de los acontecimientos; Lorenzo, tras alguna vacilación, siguió el consejo. A continuación y tras oír algunos ruidos lejanos identificables como disparos, papá decidió que se cerrara el gran portalón de entrada aunque sin correr el cerrojo de la pequeña puerta que se abría en él. También se cerraron los grandes ventanales del piso bajo, aunque recuerdo que uno de los de la oficina se dejó entornado y la pequeña rendija permitía ver parte de la calle San Isidoro. Yo me acercaba de vez en cuando al ventanal, abría algún centímetro más la contraventana y miraba con temor la calle solitaria; papá me acompañaba serio y preocupado. Una de las veces vi, por fin, un ser humano en la calle; era un soldado que portaba el fusil con ambas manos apretándolo sobre su pecho; colgaba de uno de sus brazos una cesta de paja, de las usadas entonces para la compra; de ella sobresalía una barra de pan. El soldado miraba recelosamente a un lado y otro pero no ocurrió nada. Papá lo reconoció como hijo de un coronel de Artillería apellidado Lizaur que vivía cerca y que había pedido el pase a la reserva al promulgarse la famosa ley Azaña mediante la cual este político trataba de desembarazarse de una parte de los jefes y oficiales del Ejército.

Lo más angustioso de aquellas primeras horas de lo que luego sería llamado Movimiento nacional era la falta de noticias. La única posibilidad de conocer algo del desarrollo de los acontecimientos era la radio. Abuelo había adquirido un magnífico aparato de forma de ventana gótica que hacía muchos meses ocupaba un lugar preminente en el cuarto de estar y había sido trasladado al patio para la temporada veraniega; estaba situado entre las mecedoras que solían ocupar las personas mayores. El tamaño descomunal del mamotreto se debía al espacio reservado al altavoz, más de las tres cuartas partes del total, ya que existía la creencia, no sé si justificada, de que de él dependía la perfección del sonido emitido. La radio en las primeras horas del día 18 sólo emitía noticias asegurando que la sublevación estaba dominada y que no pasaba de ser una algarada militar, como lo fue la de 1932, que ya fracasaba en las grandes ciudades, lo cual vino a ser cierto en lo que respecta a las tres mayores Madrid, Barcelona y Valencia, pero no en las que seguían en tamaño Sevilla, Zaragoza, Granada, La Coruña, Oviedo, etc. El triunfalismo del Gobierno que quiso creer que aquello se solventaba a su favor en pocos días y el de los sublevados que esperaban un éxito rápido y más amplio se tradujeron en que ni uno ni otros logró imponerse en aquellos primeros días y en que sobreviniera la Guerra Civil de casi tres años de duración.

Cuando se recuerda lo que pasó en Sevilla aquel 18 de julio se llega a la conclusión de que la audacia, la valentía, la decisión de una sola persona puede cambiar drásticamente el curso de la historia. Así ocurrió con el general Queipo de Llano que en breves horas depuso al entonces Capitán General de la región, General Villabrille, quién rehusó la invitación de unirse al alzamiento, y emprendió y logró la ocupación del Ayuntamiento y del Gobierno Civil. La actitud de los jefes que comandaban los regimientos de Sevilla fue variada, pero los mandos intermedios estuvieron en su mayoría del lado de los sublevados; contó Queipo enseguida con numerosos falangistas, requetés y otros muchos voluntarios logrando pronto el dominio del centro de la ciudad.

Creo que no se ha subrayado lo suficiente un punto clave de lo ocurrido aquél día. El protagonista de él fue el Coronel Antonio Fontán, padre de los citados Manolo y Antonio, que se hallaba retirado por la ley Azaña pero se había puesto de inmediato a las órdenes de Queipo. Sugirió a este la imperiosa necesidad de ocupar la emisora de radio, cortar la comunicación de ésta con el Gobierno y emitir algo que informara y alentara a las muchas personas partidarias del alzamiento.

El mismo Fontán ocupó la emisora sin resistencia e interrumpiendo la transmisión en curso dio un breve e improvisado comunicado en el que se proclamaba el estado de guerra bajo el mando del General Queipo de Llano.

La radio, cuya escucha nos tenía obsesionados, había estado emitiendo sin parar música folklórica sin dar ninguna noticia. Tras las palabras de Fontán volvió la música, que ahora incluía marchas militares y, en particular, Los voluntarios, pieza de una zarzuela antigua propia para el momento. Recuerdo que cuando abuela oyó que el jefe de la sublevación era Queipo exclamó: “¡No me fío nada¡”. En efecto, la fama de hombre voluble del general estaba bastante extendida y se sustentaba en su actitud rebelde en la Dictadura, en la Monarquía y en la República.

Aquella noche los niños dormimos bien pues éramos niños pero los mayores no pegaron ojo pues, además, el silencio nocturno estaba amenizado por el ruido seco de los tiros de los “pacos”; se llamaban entonces así a los francotiradores que se situaban en las azoteas, tejados, torres de las iglesias etc. y disparaban al aire para provocar el desconcierto y la inquietud en los ciudadanos. Papá creía que uno de tales individuos se había alojado en la torre de la iglesia de San Isidoro pues las detonaciones le sonaban cerca. Por eso, no sé si el mismo 19 o algún día después decidió comunicar sus sospechas a cualquier soldado que apareciera por nuestra calle; la ocasión se presentó pronto, un grupo de tres hombres armados cruzaba por delante de casa y papá llamó la atención del que parecía el jefe que vestía de azul y negro, con el atuendo propio de la Falange española. Los otros dos  eran soldados, cuya procedencia rural era clara con solo mirarlos; llamaban al de azul “Falange” porque con toda seguridad desconocían su nombre pero aceptaban su jefatura. El llamado Falange contestó con cierto recelo a la información de  papá que les invitaba a entrar, pero su desconfianza desapareció cuando traspasado el portalón vio alineados delante de la cancela a Rafael, Paco, Enrique, Mingo, El Pulga y José Ramón, en perfecto orden de mayor a menor y dando claras muestras de que no había peligro de caer en una redada. Accedió a pasar, subieron con papá la piso alto, otearon el horizonte y en especial la torre cercana, no sé si hicieron algún disparo y Falange rechazó, en nombre de los tres, la oferta de café o vino que papá les hizo; en esto quizás no requirió la aquiescencia de sus compañeros e impuso su autoridad dictatorial.

El domingo 19 Queipo tenía en su poder todo el centro de la ciudad pero quedaban tres focos de resistencia de los rojos: los barrios de San Bernardo, de San Julián y la Macarena y, por fin, Triana. Queipo los sometió, uno por día, siendo San Bernardo el primero que cayó casi sin resistencia. Como siempre los rojos se ensañaron, en particular, con las iglesias: San Julián, Omnium Sactorum, etc.; en Triana incendiaron la parroquia de Santa Ana, uno de los templos más antiguos y monumentales de Sevilla, y la de la O, destruyendo las imágenes y enseres de la cofradía allí radicada. Un grupo se dirigió a la Capilla del Cachorro con las mismas intenciones de destrucción; pero en la puerta del templo se encontraron con uno de sus correligionarios, conocido por “el penitente” que, escopeta en ristre, les advirtió que tendrían que pasar por encima de su cadáver para atentar a la imagen del Cristo y que alguno pagaría caro si lo intentaba. “El penitente” era “capataz de pasos” y sacaba el Cristo todos los Viernes Santos. Tenía por Él una devoción absoluta que en su ruda mente compaginaba con su rojerío anticlerical cosa nada infrecuente en aquellos (¿y en estos?) tiempos; logró disuadir a sus correligionarios que buscaron otros empeños destructores. “El penitente” desapareció de Sevilla y cuando volvió al cabo de algunos años, las aguas corrían más tranquilas, no fue perseguido y creo que volvió a su buena costumbre de dirigir el recorrido de “El Cachorro” por las calles trianeras y sevillanas.

A los dos o tres días del comienzo del levantamiento contaba ya Queipo con la ayuda de algunas fuerzas del Ejército radicado en Marruecos. Pero, ¿cómo lo logró? El problema era el transporte de ellas de un continente a otro, que era muy difícil de resolver sobre todo por el fracaso del alzamiento en la Marina de guerra que quedó casi por completo del lado del Gobierno.

Y ahora voy a contaros una gesta que no he visto reseñada en ninguna parte ni mencionado el nombre del que participó decisivamente en ella: Manolo Leyva. Los Leyva eran una familia de la burguesía hispalense que tenía cierta amistad con mis abuelos y con papá. Manolo era la “oveja negra” de ella. Le recuerdo como un tipo alto, desgarbado, de tez aceitunada, bastante calvo, vestido con ropas que en tiempos muy lejanos habían tenido un buen corte. Mostraba claramente los síntomas de alguien que pudo haber sido, pero que no tuvo voluntad para serlo. Odiaba el trabajo y, en particular, el sistemático que exige someterse a un horario riguroso y regular. Le repelía levantarse temprano y más aún acostarse a horas decentes. Pero, cosa poco frecuente en aquellos días, se había hecho piloto civil. La aviación no había aún despegado a gran escala y se limitaba a aparatos militares y avionetas deportivas con las que jugueteaban los miembros del Aereoclub. Manolo ofreció sus servicios a las fuerzas nacionales y enseguida pilotó una avioneta que despegó del campo de Tablada, aterrizó en algún lugar del norte de Africa, repostó combustible y cargó a once legionarios y un sargento barbudo que los comandaba, retornando de inmediato a Sevilla. Estos doce aguerridos milites subieron enseguida a una camioneta descubierta que se paseó por el centro de la ciudad y por los barrios ya incorporados al alzamiento y Queipo de Llano pudo anunciar por la radio que “la Legión ya está en Sevilla” para estimular a muchos sevillanos y desanimar a los que aún presentaban resistencia.

Manolo Leyva, según mis recuerdos, repitió alguna vez mas su viaje a Africa transportando legionarios. Pero muy pronto pudo organizarse un convoy marítimo que llevó un importante contingente de tropa desde el entonces Protectorado de Marruecos a los puertos gaditanos. Manolo debió volver a su vida bohemia y recuerdo alguna visita a papá que terminaba con un modesto “sablazo” de dos pesetas que le permitía tomarse un bocadillo. Para que tengáis idea de la insignificancia de la demanda del óbolo, os cuento que meses antes papá me había asignado un estipendio semanal de esa cuantía porque yo ya era algo mayor y tenía que llevar algún dinero en el bolsillo; por cierto que en los primeros meses en que ya disponía de esta asignación personal en cuanto la recibía, los miércoles a media mañana me iba a “El buen gusto”, confitería situada entre Sierpes y Cuna, que respondía muy bien a este nombre, y engullía uno tras otro cinco pasteles de los de entonces entre los que no faltaban un par de “eclairs” de chocolate de doce centímetros de longitud; el importe de la consumición era una peseta y yo regresaba rápidamente a casa para almorzar sin que mi empalagoso aperitivo me quitara las ganas de seguir comiendo. Pasados unos meses Manolo despareció; no volví a saber nada de él.

La primera semana del alzamiento la pasamos encerrados en casa, sin que se nos permitiera ni asomarnos a la calle. Supongo que las muchachas tenían que hacerlo para comprar comestibles porque la vida ordinaria del comer, dormir, lavarse corría silenciosamente al lado de la estruendosa de los tiros, las barricadas, los incendios…, y las muertes violentas.

La radio se convirtió en protagonista de la vida familiar y todos los mayores y yo con ellos estábamos pendientes de ella. Al atardecer venían a casa don José Luis Illanes del Río, que había sido diputado de AP hasta febrero, y su mujer; se habían casado pocas semanas antes, su domicilio era  aún provisional y carecían de radio; desde aquel venían en silencio, pegados a las paredes de las casas y, conteniendo el miedo para conocer los partes radiofónicos emitidos a primeras horas de la noche. El General Queipo de Llano comenzó a dar sus famosas charlas que tanto contribuyeron a levantar el ánimo de los partidarios del alzamiento.

Pero Maruja y yo estábamos ya hartos de estar confinados en casa y le propusimos a papá salir con él a dar un paseo. Papá dudaba… Pero lo que ocurrió es un poco largo de contar y queda para la carta siguiente.

          Besos y abrazos de


                                      Rafael                      

FELICES PASCUAS

Y QUE EN 2011 NO SE PAREZCA EN LO MÁS MÍNIMO A ESTE 2010.

[De la carta original]